Se llama así tu sangre, la que
chorrea dadivosa sembrando estela en la
puerta de la jaula. Se
desperegrina y vuela, soñando que parte las
paredes, bebe el cielo. Se
silencia, se para entre ladrillos de
esmeralda, relumbra de
alquitrán y guizque pésimo, la requisan, la escupes, te
penetran, les saludas, te
cachetean, le besas, toman mate, leen a
Gardel, le das Galeano: como si
fueron ellos también, los carceleros,
humanos. Los presos están
muertos.
Pero no, uno arrastra un
cubículo con heces y por mi nombre, me llama. Mi sangre le ha bendito, mi
sangre que derrama. Le culatean el alma. Más requisa, más para los que estén
vivitos y coleantes, denle balas. A la chiquito, un medio bizcocho, así de
jovencita no me mata...Vestidos detrás de una parada, un antojo, una
medalla, te miran con los ojos bajos. Y te besan contra
tu fuerza, te salivan, te
amenazan con balas, les sonríes, tu no mientes,
te meten más palos, te deshojan
las flores, te quitan al prisionero pero
eso sí, nación obliga,
Argentina es muy culta, te devuelven tus cartas.
- Son tan bonitas tus cartas,
vieja de mierda...y yo les creo, mis cartas
a Gardel, mis trasnochadas
cartas de los silencios rabiosos que rondan
de madrugada, el hombre y su
acechanza, la patrulla y su carga, ralla,
arrulla, pasa, para...y el
vecino y su vela, el portero y su sueldo, y yo
que quiero ser distinta, no
parecerme a todos los que delatan, callan,
traumatizan, apoyan, creen,
defalcan, cogitan, bombardean, gritar al
mundo reunirlo en una plaza
romperme los zapatos debajo de una
estatua. Ya moriste Anahai, no
somos mucho, o somos nada.
Levantá la cabeza de memoria,
traga la bosta, besá la bota, que te quede la bronca, y que te quedan la
ganas de ganarla. Y no me sudes en la sangre derramada. Limpiála y lavame...
acordeón de las tristezas de la tarde que aun no ha llegado, aún no es la
hora de las bestias, arrúllame en tus cuerdas de guitarra, soy la
nación, aguantame, mi hermano. No me desangres. No te empecines en mi sangre
coagulada. Toma mi mano.