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por Alejandro Sánchez (Chile)
Cerca de mil cuatrocientos heridos y casi doscientos muertos ha
costado tu sombrero tejano, José María. Ese ha sido el importe hasta
ahora de tu tozuda arrogancia, de tu solitaria y camarillesca
soberbia, de tu complejo de inferioridad, de tu gloria política y de
tu pequeña estatura moral y física.
Doscientos
muertos se han pagado por tu servilismo verbal con las hordas
sedientas de petróleo iraquí. Doscientos obreros, estudiantes,
hombres, mujeres, niñas y niños han costado tu presencia ante el
Congreso estadounidense, los aplausos de los autores de todo terror,
y la sonrisa forzada de quienes han creído –criminalmente cínicos-
que estos muertos te darían la razón.
Mil cuatrocientos hijos, padres, madres, hermanos, novios y novias
han servido para pagar tu apuesta y la grandilocuencia con que
argumentabas tu decisión de apoyar la destrucción de la vida
cotidiana de millones de iraquíes.
Mil seiscientas personas, y cuarenta millones más de ciudadanos de
España, han pagado el precio de tu sordera, de tu obstinación por
sumarte a la macabra estrategia de la guerra. Mil seiscientos
españoles e inmigrantes, heridos de muerte y muertos en vida, han
pagado tu tributo, el tributo del incauto que ha creído en armas
inexistentes, en laboratorios móviles, en investigaciones con
resultados preestablecidos, en destituir una tiranía que hasta hoy
no es peor que tu democracia.
Dicen que hubo un silencio sordo después de las detonaciones,
¿sabes? Un silencio de sepulcro, de estupor, de angustia, de
impotencia y desorientación. ¿Dónde estabas, José María? ¿Estabas
acaso sentado en el mismo sillón donde reposabas tu cerebro –o tu
culo, como prefieras llamarle- cuando la televisión te mostraba
sonriéndole al teléfono a George Bush?
Pero ese silencio de humo denso y oscuro no duró demasiado; se fue
poblando de quejidos, de llantos, de lamentos y gritos, de nombres,
de personas buscándose y de teléfonos móviles recibiendo las
llamadas de los familiares que buscaban saber si los suyos habrían
sobrevivido a la masacre. Una y otra vez han sonado esos teléfonos,
pero ya no habrá quién conteste.
Dime entonces, José María, ¿responderás tú esas llamadas?
¿Responderás a cada familiar que espera que su muerto regrese a
casa? ¿Les dirás por qué otros asesinos truncaron sus sueños de una
vida mejor en un país que no era su patria? ¿Les explicarás que
ahora son parte de los inevitables daños colaterales de tu magnífica
estrategia antiterrorista? ¿Les dirás que han muerto por una buena
causa? ¿Les pedirás perdón por entregarles como Judas y ponerles en
el punto de mira mientras estabas en tu sillón firmando aquellos
documentos? ¿Les explicarás que fue necesario desoírles para asistir
a la comparsa justiciera como máxima figura de tu gobierno?
Dime, José María, ¿contestarás cada una de esas llamadas? ¿Lo harás?
Publicado el Viernes, 12 de Marzo de 2004 |