NOTA : Esta crónica forma parte de lo que podríamos llamar las guerras que no vemos.

             Los medios de comunicación internacionales son manejados por los mismos dementes que decretan la muerte violenta de hombres, mujeres y niños, por el solo hecho de estar sobre un recurso natural no renovable , o por "amenazar" algún privilegio.

De cualquier forma siempre pierden los mas débiles, los mas desprotegidos, o sea siempre pierde la HUMANIDAD ante los desborde autoritarios del imperio

                                                                                                Lexia

 


robert fisk

 


4/04/03

Horrores que explican los horrores del linchamiento que pasó en Faluja

Esta semana, el mundo entero fue testigo, a través de las fotos de los diarios y las imágenes de TV, de los linchamientos de civiles de EE.UU. en Faluja. Pero Robert Fisk, un eminente periodista británico, nos muestra aquí el reverso de la medalla.


 Por Robert Fisk*
Desde Bagdad

El viernes a la mañana me senté en una casa en Bagdad con un pobre hombre anciano y su hijo que estaban llorando a su adorado hijo y hermano que fue muerto por soldados estadounidenses. Ahora, usted puede preguntarse por qué no escribo sobre Faluja y las atrocidades que ocurrieron ahí hace tres días: el cruel y atroz asesinato de cuatro estadounidenses que fueron arrancados, rogando por sus vidas, de sus dos automóviles deportivos, quemados, mutilados, arrastrados por las calles de esa peligrosa ciudad y luego colgados desnudos, lo que quedaba de sus cuerpos, en el arruinado puente británico sobre el río Eufrates. La respuesta es simple. El procónsul estadounidense Paul Bremer dijo que sus muertes fueron “bárbaras e imperdonables”. Bremer tenía razón. Pero sus muertes no fueron inexplicables.
El anciano era Abdul-Aziz al Amairi –su hija se llama Sindus– y su hijo y hermano era un periodista, un cameraman de noticiero cuya masa encefálica vi en la parte de atrás del automóvil en el que él, Ali Abdul Aziz y su colega reportero, Ali al Khatib, murieron por disparos de tropas de Estados Unidos hace justo dos semanas. Porque yo casi perdí mi propia vida en la frontera afgana en diciembre de 2001, esa gente y su destino me producen mucho interés. Eran periodistas. De manera que aquí hay algunos hechos. Dos jueves atrás, un misil se incrustó en un hotel en el sur de Bagdad. El nuevo canal de noticias árabe, Arabia, envió a su equipo a cubrir la historia. Los dos Ali llegaron con su conductor, Abu Marina, a la escena del ataque, estacionaron su automóvil a 250 metros de la escena y fueron a hablar con los tropas de Estados Unidos que vigilaban el camino. Los estadounidenses les dijeron que podían filmar pero no podían tomar fotos de cara a la cámara frente al edificio.
Completaron su informe, regresaron a su automóvil KIA hecho en Corea del Sur y se prepararon para partir. Pero cuando lo hacían, un hombre de 67 años llamado Tariq Abdul-Ghani condujo su automóvil Volvo por el camino hacia el puesto de control de Estados Unidos, sin darse cuenta de que algo andaba mal. Condujo hacia una lluvia de metralleta. Su familia, con la que también hablé mucho, dice que recibió 36 balas en su cuerpo. El Volvo chocó con uno de los vehículos de Estados Unidos. Tariq, cuya viuda y su hijo son ciudadanos suecos, dicen que él no debe haber visto el puesto de control de Estados Unidos. Los dos reporteros y su conductor, Abu Mariam, estaban a 120 metros de la escena. Yo hice el recorrido con Abu Mariam y el abogado de Arabia, Ahmad al Abadi. Incluso detuvimos el tránsito de Bagdad para comprobar la distancia. Ali al Khatib al Hashimi, el periodista, le dijo a Abu Mariam que no siguiera al Volvo, sino que cruzara la franja de césped que divide la avenida y que condujera en la dirección contraria.
Abu Mariam obedeció las instrucciones. “Cruzamos por encima del césped con el auto y comenzamos a conducir en dirección opuesta a los norteamericanos”, dice. “Habíamos conducido un tramo cuando comenzaron los disparos contra nuestro auto KIA. Las balas entraron por la luneta trasera. El camarógrafo recibió un disparo en la cabeza, luego Ali al Khatib, el periodista, de repente apoyó su cabeza en mi hombro y dijo: ‘Abu Mariam’. Giré hacia la derecha. Nuestros colegas me llamaron por el teléfono y preguntaron ‘¿Qué está pasando?’. Dije: ‘Váyanse a la puta que los parió, tengo que encontrar un hospital, no sé donde está el hospital más cercano’. Los llevé al hospital Ibn al Nafis. Ali al Amairi llegó muerto. El otro Ali murió al día siguiente.”
Tres civiles más habían muerto en la Irak “liberada”. El canal Arabia respondió con furia. Exigieron una investigación por parte de los norteamericanos y decoraron su oficina principal en Bagdad con afiches de luto, uno de los cuales decía que “condenan el crimen de matar a periodistas”. Al principio, los norteamericanos anunciaron que no podrían haber matado al periodista y al camarógrafo. Ambos murieron por un disparo en la cabeza. ¿Cómo es posible que las tropas norteamericanas hayan sido tan precisas para matar a dos hombres con un solo disparo en la cabeza cada uno estando tan lejos?
Así que con el hijo del conductor del Volvo, Ali Tariq al Hashimi, visité la comisaría donde quería registrar la muerte de su padre. El comandante iraquí de la Comisaría Mesbah fue atento, compasivo y nos mostró los documentos del caso. Estos incluían un papel que decía que un capitán Robert Scheetz, de la Primera División Blindada, había organizado el traslado de los restos del padre a su familia. El hijo preguntó por el auto y sus contenidos. Deberás pedírselos a los norteamericanos, le dijeron.
“Fui a la base norteamericana en el palacio presidencial”, me dijo. “Ellos dijeron que no me iban a devolver el auto. Pregunté por la billetera de mi padre, su dinero, su reloj y su anillo. El soldado estaba hablando por teléfono y me dijo: ‘Olvidate del auto, ¿por qué lo querés?’. Dije que quería ponerlo en mi jardín porque era un símbolo de la muerte de mi padre.”
Aún más preocupantes fueron las palabras del comandante de la comisaría Mesbah. Me dijo que, un rato después del incidente, las tropas norteamericanas habían venido a la comisaría y rompieron la luneta trasera del Volvo para que no quedaran rastros de los agujeros de las balas. Dijo que tajearon la rueda de auxilio, que tapaba parte de la luneta, con cuchillos “para ver si había explosivos adentro”. Ciertamente, la luneta trasera estaba totalmente destruida. Horrorosamente, restos de la masa encefálica de Ali al Amairi todavía estaban, cubiertos de moscas, en el asiento trasero. Pero me metí dentro del vehículo y conté nueve rondas de disparos a través del vehículo, en asiento trasero y la ventana delantera del auto.
Unos días más tarde, los norteamericanos salieron con una nueva versión de la matanza. El Volvo se había acercado al puesto de control a gran velocidad, los soldados pensaron que estaban bajo ataque, le dispararon al vehículo y algunos de los disparos deben haberle pegado al auto de Arabia mientras huía en la dirección contraria. Las tropas norteamericanas no sabían que les habían disparado a los periodistas. Los norteamericanos admitieron su responsabilidad, pero dijeron que no había sido deliberada.
Pero hay un problema. Los periodistas cruzaron el césped que divide la avenida porque el Volvo era el blanco. Pegaron la vuelta antes de que comenzaran de los disparos. Así que, ¿cómo las rondas de disparos que mataron a Tariq Abdul-Ghani les llegaran cuando él estaba muerto, antes de que decidieran irse? ¿Y por qué las tropas norteamericanas rompieron la luneta trasera del auto de Arabia horas después, cuando los agujeros de los disparos habrían probado cuántas rondas habían sido disparadas al auto? Usé un lápiz para marcar nueve rondas de fuego que pegaron en el auto.
Volvamos al living familiar ayer por la mañana. El anciano Abdul-Aziz estaba llorando y su hija –la hermana del camarógrafo Ali, Sundus– también estaba llorando. “Los norteamericanos vinieron a liberarnos y mataron a nuestro Ali. La última vez que lo vimos dijo que estaba bien, pero cuando se fue, al llegar a la puerta, volvió y le pidió a su padre que lo abrazara y lo besó tres veces. Nos llamó unos minutos antes de salir hacia su última nota. Dijo que estaría bien. Tres familias más, gente iraquí buena, decente, educada y creyendo en la misma libertad y democracia que nosotros los occidentales, ahora están furiosos por la ocupación norteamericana de Irak. Tengo un sólo hermano, y los norteamericanos nos lo quitaron. ¿De dónde puedo sacar otro hermano?”, lloraba. Ali al Amairi estaba casado y no tenía hijos. Su colega periodista se había casado solamente cuatro meses antes. Su esposa está embarazada. El conductor del Volvo deja una viuda, una hijo y tres hijas.Todos me dieron té y aseguraron su deseo de paz y amor. Y todos odian la ocupación y a los soldados norteamericanos.

 

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère y Ximena Federman


                                                                                                           19 de febrero del 2003

 

¿Sabrá Tony cómo son las moscas cuando devoran cadáveres?

 

                                                                                        Robert Fisk

La Jornada

 

 

En el camino a Basora, la televisora ITV filmaba perros salvajes que

destrozaban cadáveres de iraquíes. A cada rato, una de estas bestias hambrientas

arrancaba delante de nosotros un brazo en estado de descomposición y se echaba a

correr con él por el desierto: los dedos muertos dejaban surcos en la arena, los

restos de una manga quemada ondeaban al aire.

 

"Sólo para documentarlo", me dijo el camarógrafo. Claro. Porque ITV jamás

mostraría tales imágenes. Las cosas que veíamos -la inmundicia y obscenidad de los cadáveres- no puede mostrarse. En primer lugar porque  no sería "apropiado” enseñar esta realidad por televisión a la hora del  desayuno. En segundo lugar  porque si la televisión la mostrara nadie volvería jamás a  respaldar la guerra.

 Esto ocurrió en 1991. La "carretera de la muerte", llamaban entonces a ese camino. Pero había otra vía paralela que era una "carretera de la muerte" mucho peor, unos kilómetros al este, y que fue cortesía de la fuerza aérea estadunidense, pero nadie la filmó. La única imagen que hubo de estos horrores fue la fotografía de un iraquí carbonizado dentro de su camión. Cuando finalmente se publicó esa fotografía, se volvió una especie de icono, pues representaba exactamente lo que habíamos visto.

 

Para que las bajas iraquíes aparecieran en televisión durante esa guerra del Golfo -ya que hubo otro conflicto entre 1980 y 1988, y un tercero está en preparación- era necesario que hubieran muerto cuidando caer románticamente de espaldas, con una mano cubriendo el rostro destruido. Como  en esas pinturas de la Primera Guerra Mundial de los británicos muertos en el campo de batalla, los iraquíes debían morir de forma benigna y sin heridas evidentes, sin ningún tipo de miseria, sin rastro de mierda, moco o sangre coagulada, si querían aparecer en los noticiarios matutinos.

 

Siento rabia hacia esta artimaña. En Qaa, en 1996, cuando los israelíes bombardearon durante 17 minutos a refugiados que estaban dentro de un complejo de la Organización de Naciones Unidas, y mataron a 106 personas, más de la mitad niños, me topé con una joven que abrazaba a un hombre de mediana edad. Estaba muerto. "Mi padre, mi padre", lloraba abrazando su cara.

No tenía uno de los brazos ni una pierna. Los israelíes habían usado bombas de proximidad que producen amputaciones.

 Pero cuando esta escena llegó a las pantallas de televisión europeas y estadounidenses la cámara hizo un acercamiento sobre la cara de la muchacha y del muerto. Las amputaciones no fueron mostradas. La causa de  la muerte fue borrada en aras del buen gusto. Era como si el hombre hubiera muerto de cansancio; con la cabeza apoyada sobre el hombro de su hija para morir en paz.

 

Hoy, cuando escucho las amenazas de George W. Bush contra Irak y las estridentes advertencias moralistas de Tony Blair me pregunto: ¿qué saben de esta terrible realidad? ¿ Acaso George, quien declinó servir a su país en Vietnam, tiene alguna idea de cómo huelen los cadáveres?

¿Tiene Tony alguna pálida noción de cómo son las moscas, esos insectos grandes y azules que se alimentan de los muertos en Medio Oriente, y que se te  paran en la cara o en la libreta?

 

Los soldados sí lo saben. Recuerdo a un militar británico que pidió prestado el teléfono satelital de la BBC tras la liberación de Kuwait, en 1991. Le habló a su familia en Inglaterra mientras yo lo observaba detenidamente. "He visto cosas horribles", dijo, y después tuvo un colapso nervioso;  lloraba y temblaba, soltó el teléfono, que se quedó colgando de su mano. ¿Tendría su  familia idea de lo que decía? No lo habrían entendido viendo la televisión.

 

Esto es lo que cabe esperar ante el prospecto de la guerra. Nuestra gloriosa y patriótica población -aunque sólo cerca de 20 por ciento respalde la actual locura iraquí- ha estado siempre protegida de la realidad de las muertes violentas. Pero yo estoy muy sorprendido por el número de cartas que recibo de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, hombres y mujeres, todos opuestos a esta nueva guerra iraquí, y que comparten conmigo sus  inalienables recuerdos de miembros destrozados y sufrimientos.

 

Recuerdo a un iraní herido, con un trozo de hierro incrustado en la frente, que aullaba como animal -que desde luego, eso es lo que todos somos- antes de morir; a un niño palestino que simplemente se derrumbó delante de  mí cuando un soldado israelí le disparó a matar - deliberada y fríamente, con  intención asesina- porque arrojó una piedra.

 

Y recuerdo a una israelí con la pata de una mesa clavada en el abdomen afuera de la pizzería Sbarro de Jerusalén, después de que un atacante palestino decidió ejecutar a las familias que allí comían. También están los montones de iraquíes muertos en la batalla de Dezful, en la guerra Irán-Irak.

La pestilencia de esos cadáveres invadió nuestro helicóptero hasta que vomitamos.

Y también recuerdo, en Argelia, al joven que me mostró el rastro negro y grueso que dejó la sangre de su hija cuando "islamitas" armados la degollaron.

Pero George W. Bush, Tony Blair, Dick Cheney, Jack Straw y todos los demás guerreritos que nos están empujando torpemente hacia la guerra no tienen que pensar en estas viles imágenes. Para ellos todo es "bombardeos quirúrgicos", "daños colaterales" y todos los demás ejemplos de la mendacidad lingüística propia de la guerra.

 

Vamos a tener una guerra justa, vamos a liberar al pueblo de Irak -obviamente también mataremos a parte de él- y vamos a darle democracia y a proteger su riqueza petrolera. Fingiremos que hay juicios por crímenes de guerra y vamos a ser siempre muy morales; veremos por televisión a nuestros "expertos" en defensa en sus trincheras sin sangre y escucharemos sus asombrosos  conocimientos sobre armas que arrancan cabezas.

 

Ahora que lo pienso, recuerdo también la cabeza de un refugiado albano,rebanada limpiamente por los estadunidenses cuando bombardearon -por accidente, claro está- un convoy de refugiados en Kosovo, en 1999. Pensaron que se trataba de una unidad militar serbia. La cabeza barbada yacía en el pasto crecido,con los ojos abiertos; parecía haber sido cortada por un verdugo de los Tudor.

 Meses más tarde me enteré de su nombre y hablé con una muchacha que había sido golpeada por la cabeza cercenada durante el bombardeo estadunidense. Fue ella quien respetuosamente dejó la cabeza sobre el pasto, donde la encontré. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, por  supuesto, no le pidió perdón a la familia del hombre ni tampoco a la muchacha. Nadie pide perdón después de una guerra. Nadie admite la verdad. Nadie muestra lo que  nosotros vemos.

Por eso  nuestros líderes y superiores pueden todavía convencernos de que vayamos a la guerra.

 

 

 

* Periodista irlandés del diario The Independent, especialista en Medio Oriente ©The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

 


 

¿Cómo puede Bush masacrar a un pueblo que dice querer liberar?, se preguntan en Bagdad

 

ROBERT FISK ENVIADO ESPECIAL Bagdad, 26 de marzo.

Fue un escándalo, una obscenidad. La mano cercenada en la puerta metálica, el charco de sangre y arena en el camino, los sesos humanos en el garaje, los restos calcinados de una madre iraquí y sus tres hijos pequeños en el auto aún humeante. Dos misiles disparados por un solo jet estadunidense los mató a todos: más de 20 civiles iraquíes volados en pedazos antes que pudieran ser liberados por el país que les arrancó la vida. ¿Quién se atreve, me pregunto, a llamar a esto "daño colateral"?

 La calle Abú Taleb estaba repleta de peatones y automovilistas cuando el piloto estadunidense se acercó entre la densa tormenta de arena que esta mañana cubrió el norte de Bagdad con un velo de polvo y lluvia de color rojo y amarillo. Es un barrio pobre y polvoriento -en su mayoría de musulmanes chiítas, ese pueblo que George W. Bush y Tony Blair todavía confían en que se levantará contra Saddam Hussein-, lugar de grasientos talleres mecánicos de automóviles, de atestados edificios de de-partamentos y de cafés baratos.

 Todas las personas con las que hablé oyeron el avión. Un hombre, conmocionado por los cuerpos decapitados que acababa de ver, apenas pudo decir cuatro palabras: "Un rugido, una luz", que repetía una y otra vez y, al fin, cerró los ojos con tal fuerza que se le arrugaron los músculos que los rodean.

Carnicería humana

 ¿Cómo dar cuenta de un suceso tan terrible? Quizá un informe médico sería más apropiado. Sin embargo, se prevé que la cuenta mortal llegará finalmente a cerca de 30 y ahora los iraquíes presencian a diario estos horrores, así que no hay razón para no decir la verdad, toda la verdad de lo que ven. Mientras caminaba hoy por el lugar de esta matanza se me ocurrió otra pregunta: si esto es lo que estamos viendo en Bagdad, ¿qué pasará en Basora, Nasiriya y Kerbala? ¿Cuántos civiles están muriendo allá también, en forma anónima, sin que nadie lo informe porque no hay reporteros que atestigüen su sufrimiento?

 Abú Hassán y Malek Hammoud preparaban la comida para los parroquianos del restaurante Nasser, en el costado norte de la calle Abú Taleb. El misil que los mató cayó justo al lado del carril de dirección oeste, y la explosión arrancó el frente del café y cortó en pedazos a ambos hombres, el primero de 48 años de edad y el segundo de sólo 18. Uno de sus compañeros de trabajo me guió por los escombros. "Es todo lo que queda de ellos", dijo, mostrándome una charola de hornear que goteaba sangre. Por lo menos 15 automóviles estallaron en llamas y todos sus ocupantes murieron incinerados. Varios hombres jaloneaban desesperadamente la puerta de otro vehículo que se incendiaba en medio de la calle, el cual había sido volcado por el mismo misil. Se vieron obligados a mirar con impotencia cómo los ocupantes, una mujer y sus tres hijos, eran cremados vivos frente a ellos. El segundo misil dio de lleno en el carril de dirección este y lanzó trozos de metal hacia los tres hombres que estaban sentados afuera de un conjunto de departamentos de concreto, en cuyo muro exterior se lee "Esto es propiedad de Dios", escrita con gis. El conserje del edificio, Hishem Danún, corrió a la puerta tan pronto escuchó la terrible explosión. "Allí encontré a Ta'ar hecho pedazos", me dijo. La cabeza le había sido arrancada. "Esa es su mano."

 Un grupo de hombres y mujeres jóvenes me llevó a la calle y allí, en una escena de película de horror, estaba la mano cortada a la altura de la muñeca, con los dedos sujetando una teja de hierro. Su joven colega Sermed murió al instante. Sus sesos se veían amontonados unos metros más allá, una masa de color gris y rojo pálido detrás de un auto incendiado. Ambos eran empleados de Danún, al igual que un portero del edificio, quien también pereció. Conforme cada sobreviviente hablaba las víctimas recobraban su identidad.

  Estaba el dueño del taller eléctrico, muerto detrás de su mostrador por el mismo misil que acabó con Ta'ar, Sermed y el portero, así como una jovencita que estaba parada en la zona peatonal del centro de la calle, tratando de cruzar, el conductor de un camión que iba a unos metros del lugar del impacto y el limosnero que llegaba todos los días a pedirle pan a Danún y acaba de salir de allí cuando los misiles aparecieron rugiendo entre la tormenta de arena para destruirlos.

 En Qatar las fuerzas angloestadunidenses -olvidemos esa tontería de la "coalición"- anunciaron una investigación. El gobierno iraquí, el único que se beneficia con el valor propagandístico de semejante baño de sangre, naturalmente denunció la matanza y fijó en principio en 14 el número de víctimas mortales.

¿Cuál era el verdadero blanco?

Algunos iraquíes dijeron que había un campamento militar a menos de kilómetro y medio de la calle, aunque no pude hallarlo. Otros hablaban de un cuartel local de bomberos, pero éste difícilmente podría describirse como objetivo militar. Cierto, se había realizado un ataque menos de una hora antes a un campo militar situado al norte. Pasaba yo en mi auto por la base cuando dos cohetes estallaron y vi a soldados iraquíes salir corriendo de las puertas hacia la avenida para ponerse a salvo. Luego escuché dos explosiones más: las de los misiles que dieron en la calle Abú Taleb. Matar con alegría Por supuesto, el piloto que mató hoy a esos inocentes no podía ver a sus víctimas. Disparan por medio de coordenadas alineadas por computadora y la tormenta de arena pudo haber ocultado la calle.

 Pero cuando uno de los amigos de Malek Hammoud me preguntó cómo podían los estadunidenses matar tan alegremente a quienes dicen querer liberar, no le interesaba saber sobre la ciencia de la aeronáutica ni sobre los sistemas de dirección de armas. ¿Por qué habría de interesarle? La cuestión es que esto ocurre día a día en Bagdad. El lunes una familia entera de nueve miembros fue barrida en su casa, cerca del centro de la ciudad. El martes se informó de la muerte de todos los pasajeros civiles de un autobús en un camino a sur de Bagdad.

 Apenas hoy los iraquíes se enteraron de la identidad de cinco civiles asesinados en un autobús sirio que fue atacado por aviones estadunidenses cerca de la frontera con Irak, el fin de semana. La verdad es que nadie está seguro en Bagdad y que, a medida que estadunidenses y británicos estrechen el cerco sobre la ciudad, en los próximos días u horas ese simple mensaje se volverá cada vez más real y más sangriento.

 Podríamos ponernos el ropaje de la moralidad para explicar por qué esas personas tenían que morir. Murieron a causa del 11 de septiembre de 2001, por las "armas de destrucción masiva" de Saddam Hussein, por las violaciones a los derechos humanos, por nuestro desesperado deseo de "liberarlos" a todos. No confundamos el tema con el petróleo. Sea como fuere, apuesto que se dirá que Hussein es el responsable final de estas muertes. Por supuesto, no mencionaremos al piloto.

   © The IndependentTraducción: Jorge Anaya

 


 

 

-Pobre ministro de Defensa, Por Robert Fisk
 (para The Independent, Londres)
Estimados: este artículo fue publicado por Robert Fisk, conocido periodista británico, corresponsal de guerra durante muchos años. Ilustra sobre algunas cosas que están pasando en Irak, y sobre otras cosas que en el pasado ocurrieron en otras partes
Bagdad.  Pobre de Geoff Hoon (ministro de Defensa de Gran Bretaña). Debe de ser duro defender lo indefendible cuando los estadounidenses insisten en imprimir en sus misiles claves de computadora que revelan su procedencia después de haber volado en pedazos a personas inocentes. Pensemos en el pobre hombre -mucho más pobre en todos los sentidos que Hoon- que encontró ese revelador pedazo de fuselaje en Shu'ala la semana pasada, probando que el misil que se abatió sobre el polvoriento y miserable barrio chiíta fue manufacturado por Raytheon, la empresa fabricante de los misiles crucero. El servicio iraquí de inteligencia es una organización cruda y brutal; la sutileza y la sofisticación no son sus puntos fuertes.
 Está más allá de toda credibilidad sugerir que los matones de Saddam Hussein pudieron haberse aparecido en esa ciudad perdida -entre una población conocida por su odio hacia el partido Baaz y quizá responsable de haber asesinado a varios de sus esbirros- y convencido a esta gente, en general analfabeta, de contar una complicada mentira a los periodistas extranjeros. Por todo Shu'ala había fragmentos del misil: yo recogí cinco, hechos de la misma aleación; dos los saqué de entre la suciedad con mis propias manos. ¿De veras cree Hoon que los torturadores iraquíes tienen la capacidad de ir a esos barrios hostiles y enterrar oscuras esquirlas de proyectiles para que el enviado de The Independent y otros reporteros los desentierren? ¿Creerá que el tío de uno de los hombres muertos en el ataque inventaría que vio alejarse el avión después del ataque? Sería lo mismo entonces con los dos misiles que cayeron a principios de esa semana en el distrito de Sha'ab, en Bagdad. También entonces explotaron entre chozas de musulmanes chiítas, hogares de la misma gente que más se opone al régimen de Saddam.
Poco antes yo había oído volar un avión sobre Bagdad y disparar dos misiles hacia un cuartel del ejército -me pareció gracioso que Hoon no pusiera en duda ese ataque aéreo- y al menos tres hombres en Sha'ab me hablaron del avión que escucharon a la hora del ataque misilístico. Y no eran miembros del régimen de Saddam, como los calumnia Hoon; eran justamente las mismas personas que Hoon ha jurado "liberar" de Saddam. Las dos explosiones ocurrieron en extremos exactamente opuestos, una a cada lado de la avenida de dos carriles en Sha'ab. ¿Acaso cree Hoon que los iraquíes son capaces de ocasionar dos explosiones idénticas -desde el aire- en puntos equidistantes de una calle atestada de automóviles, peatones, porteros de edificios de departamentos, trabajadores de restaurantes y muchachos ayudantes de mecánico? Pero supongo que lo más patético de la declaración de Hoon es esa conocida mendacidad de la cual el mundo está harto. Después que los estadounidenses bombardearon Libia, en 1985, nos quisieron hacer tragar las mismas estupideces. Los civiles muertos habían sido asesinados por el servicio secreto o por el fuego antiaéreo libio. Los israelíes afirmaron lo mismo acerca de muchos de los 17 mil 500 muertos durante su invasión de Líbano, en 1982.
 Cuando los estadounidenses masacraron a docenas de refugiados albaneses en Kosovo, en 1999, sostuvieron que la aviación serbia había cometido la matanza, hasta que The Independent descubrió los pedazos de misil -también esa vez desenterrados de los cráteres con mis propias manos- que contenían las claves de computadora que obligaron a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) a reconocer la verdad. ¿Cuántas veces, me pregunto, creerán los ministros que pueden engañar a los electores con esa miserable monserga? ¿Cuántas veces personas como David Blunkett
(ministro británico de Vivienda) difamarán a periodistas por informar "desde atrás de las líneas enemigas" en una guerra que su gobierno apoya pero que muchos millones de británicos se niegan a reconocer como legítima?
No puedo evitar acordarme de un tren iraní habilitado como hospital en el que regresé del frente de guerra Irán-Irak a principios de la década de 1980. Los vagones estaban atestados de jóvenes soldados iraníes que tosían arrojando moco y sangre en sus pañuelos mientras leían el Corán. Los habían gaseado y su aspecto indicaba que iban a morir, como en efecto ocurrió con la mayoría. Después de unas horas tuve que ir a abrir la ventanilla de uno de los compartimientos, porque el gas que arrojaban de los pulmones comenzaba a envenenar el aire del vagón. En ese tiempo trabajaba yo para el London Times y mi nota se publicó íntegra. Luego un funcionario del Ministerio del Exterior comió con el que era mi director y le dijo que mi información "no ayudaba". Porque, claro, en ese tiempo apoyábamos a Saddam Hussein y queríamos que el Irán revolucionario sufriera y se destruyera a sí mismo. Saddam era entonces el muchacho bueno y no se suponía que yo informara sobre sus violaciones contra los derechos humanos. Ahora, me imagino, no se supone que deba yo informar sobre la matanza de inocentes que cometen los pilotos estadounidenses y los de la Real Fuerza Aérea británica, porque el gobierno de Gran Bretaña ha cambiado de bando. Es una táctica digna sólo de un hombre que pueda yo recordar, un maestro en el arte de hacerse la víctima cuando se le sorprende en el acto de asesinar, un ser humano que jamás vacila en calumniar a inocentes con tal de propagar su propia versión de la historia. Me refiero a Saddam Hussein. Geoff Hoon ha aprendido mucho del líder iraquí.
 

 


 

Desde el frente- La  toma de Bagdad
 
Decenas de muertos y heridos por las bombas de racimo lanzadas en Bagdad La Jornada. México D. F. Sábado 5 de abril de 2003
 
"Echaron a correr los soldados de EU apenas abrimos fuego": fedayines Cuando BBC y otras cadenas reportaban encarnizados combates, nada sucedía en el aeropuerto Los cafés capitalinos, repletos de soldados de la Guardia Republicana; desde ahí parten al frente
 
ROBERT FISK ENVIADO ESPECIAL THE INDEPENDENT
Bagdad, 4 de abril. El soldado agonizaba; a su lado, un camarada del fedayín de Saddam Hussein sollozaba mirando su dolor. Las balas estadunidenses le habían dado en las piernas y una doctora intentaba muy despacio, con infinito cuidado, quitarle la bota del pie derecho.
El soldado se negaba a gritar, a mostrar su sufrimiento, pero cerraba fuertemente los ojos mientras ella se afanaba con la bota, tirando de las agujetas para deshacer el nudo, temerosa de lo que vería al cortar la pierna del pantalón.
"Somos fedayines, hombres orgullosos", dijo su camarada, con las cejas empapadas de sudor, sacudiéndose el recuerdo de la ba-talla en la cual había estado participando en el aeropuerto internacional de Bagdad.
"Teníamos a raya a los estadunidenses. Se estaban dispersando, y entonces un oficial le dijo a mi camarada que fuera a traer raciones para los combatientes. Cuando venía de regreso comenzaron los balazos y le dieron", añadió.
Los dos combatientes portaban aún el uniforme negro y las botas del mismo color -de las unidades fedayines de Saddam- con los que habían combatido toda la noche en Radwaniyeh, en el camino al aeropuerto. Relataron que los soldados estadounidenses transportados en helicóptero "cayeron del cielo y echaron a correr" apenas los iraquíes abrieron fuego.
Heridos, pero no vencidos Pero los invasores habían regresado y no había duda de los resultados. Fuera del pabellón médico donde estaba el herido, en el hospital Yarmouk, encontré a un soldado semidesnudo en una camilla, con la camisola de batalla alrededor de los hombros, sin pantalones y con un vendaje empapado de sangre en el pie derecho.
Otros militares que llevaban el casco en la mano recogían nombres y equipos; uno traía un suéter del ejército tan deshilachado que le colgaban pedazos de estambre de la espalda.
En el hospital Mansour era la misma historia. A la distancia po-día oírse el fuego de rifles. Pero aun si los soldados iraquíes estaban heridos, habían combatido a la mayor potencia de la Tierra, lo cual es una especie de gran logro en sí mismo.
En un corredor del Yarmouk un soldado canoso de mediana edad, que llevaba uniforme de coronel, pasó rengueando en muletas junto a mí. Pero al llegar al vestíbulo se irguió y se sacudió el polvo de los hombros para lucir sus charreteras y galones dorados.
¿Y dónde están los estadunidenses? Sólo 18 horas antes anduve rondando por la desierta sala de salidas del aeropuerto internacional Saddam Hussein, haraganeando por la abandonada aduana y charlando con los siete milicianos armados que estaban de guardia.
Conocí al director del puerto aéreo y me detuve al lado de las pistas en las que dos jets de pasajeros de Aerolíneas Iraquíes, cubiertos de polvo -un viejo 727 y un Antonov aún más viejo-, ya-cían olvidados en el pavimento, no lejos de un helicóptero militar igualmente decrépito.
Y todo lo que pude oír fue el susurro lejano de jets que volaban muy alto y el parloteo de parvadas de pájaros que han hecho nido cerca del estacionamiento, en ese que era el primer día del verdadero verano de Bagdad.
La toma del aeropuerto -o al menos parte de él- había sido prevista apenas tres horas antes, cuando la BBC difundió afirmaciones de que unidades de vanguardia de división de la infantería mecanizada estadunidense estaban a menos de 15 kilómetros al oeste de la capital y habían tomado posiciones justo al borde del aeropuerto internacional.
Pero yo estaba a unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad y no había allí estadunidenses ni vehículos blindados, ni un alma alrededor de las pistas del aeropuerto, mientras aquél cuyo nombre lleva la terminal, bajo la forma de póster, estaba sentado como si nada en la sala de llegadas, con traje de civil y un puro en la mano.
De manera aún más asombrosa, no había indicios de los 12 mil hombres de la Guardia Republicana con quienes la división estadunidense tenía previsto enfrentarse.
De hecho el aeropuerto internacional se veía como si estuviera paralizado por una huelga industrial (no pensemos que semejante cosa pueda darse en el Irak de Saddam), más que a punto de ser capturado por la única superpotencia mundial.
¿Sería cierto, preguntaron al ministro de Información en su conferencia de prensa de las 14 horas -institución rutinaria en la que por lo general uno se muere de tedio-, que los estadunidenses están en el aeropuerto de la capital? "¡Pamplinas!", gritó. "¡Mentiras! Vayan a verlo ustedes mismos."
Y eso hicimos. Y, para desgracia del vocero angloestadunidense en Doha y del oficial estadunidense citado por la BBC, el ministro iraquí tenía razón y los estadunidenses se equivocaban.
Pero no por mucho tiempo. Sólo dos horas después de que dejé la tranquilidad de la sala de salidas del aeropuerto, con sus muros ga-rrapateados con consignas de "Abajo Estados Unidos", los soldados de ese país ya estaban en las pistas, lanzando proyectiles sobre la terminal, mientras sus aviones arrojaban bombas hacia las aldeas circundantes.
Fraudulenta atmósfera
Una cascada de flejes de grafito -esto es lo más cercano a la verdad que se pudo saber hoy en Bagdad- fue lanzada sobre las dos plantas principales de energía eléctrica de la ciudad, los cuales fundieron la red entera y sumergieron a la ciudad -debajo de su mortaja de hogueras petroleras- en una oscuridad sepulcral.
En la avenida Saadoun podía escucharse el golpeteo de los proyectiles, que por primera vez oigo en Bagdad. No bombas o misiles -aunque también cayeron por to-das partes durante la noche-, sino descargas de artillería que se escuchaban hacia el oeste, en dirección al aeropuerto donde el joven fedayín a quien vi herido más tarde combatía a los invasores.
Pese a todo, una especie de fraudulenta atmósfera de tranquilidad envolvía a Bagdad. Cuando regresé del aeropuerto internacional no parecía haber algún intento de bloquear la principal carretera de entrada a la capital.
Salvo unos cuantos soldados en las calles y un panel de la policía, se habría dicho que era el atardecer levemente caluroso de un día de asueto normal.
Durante todo el jueves me hice la misma pregunta: ¿Dónde se estaba llevando a cabo el anunciado asalto estadounidense de Bagdad? ¿Dónde estaban las multitudes despavoridas? ¿Dónde las calles desiertas? ¿Y exactamente qué hacían los estadounidenses?
Estaban rodeando la ciudad, insistían todas las difusoras de radio y televisión extranjeras. Pero seguían llegando viajeros de Ammán, las autoridades habían vuelto a poner más de sus autobuses chinos de dos pisos en las calles -el servicio normal, como dicen, se había reanudado- y la compañía ferroviaria aseguraba que sus trenes partían como de costumbre hacia el norte del país.
Luego, poco antes del mediodía del jueves, un zumbido sordo se fue insinuando en la conciencia de todos en las calles del centro de Bagdad, sonido largo, monótono y ligeramente oscilante, mezcla del que harían una cortadora de pasto lejana y el ronroneo de un gato.
Y cuando seguí los brazos de una docena de policías y personas que andaban de compras en la calle Jumhurriyah, quienes apuntaban hacia algo que se desplazaba, por fin divisé la máquina voladora que se movía con lentitud en el cielo caluroso y gris.
Los estadunidenses acababan de enviar su primer zángano sobre la ciudad, el primer avión de reconocimiento sin tripulante jamás visto en esta guerra, volando con tal lentitud que, a diferencia de los jets supersónicos que se precipitan como águilas sobre la ciudad para dejar caer sus bombas, era fácil seguir su trayectoria a simple vista.
El aparato pasó zumbando en dirección al oeste, hacia el mayor de los palacios presidenciales, muy bombardeado, y luego giró hacia el sur.
Parecía una criatura tan frágil, una presencia tan diminuta en el cielo negro y enfurecido, que era posible olvidarse del ojo capaz de verlo todo que llevaba en la panza, las tomas en vivo que mostraba a los oficiales estadounidenses ubicados en el perímetro de la ciudad, las selecciones que ayudaba a hacer de los suburbios que se-rían bombardeados.
Ya hubo hoy nuevas evidencias del daño causado por bombas de racimo, esta vez en la misma Bagdad, no nada más en los suburbios.
Desde Furad, en el distrito de Doura, desde Hay al Ama y otras áreas al oeste de la capital llegaban civiles a los pabellones de emergencia con las usuales heridas terribles: agujeros múltiples y profundos hechos por esquirlas de las bombas que estallan en el aire. Se dijo que la cuota mortal tan sólo en Furud ascendió a más de 80.
Un solo hospital central recibió 39 heridos, cuatro de los cuales murieron durante la cirugía. Un joven había corrido cuando vio bajar objetos blancos del cielo; otras personas que estaban en la calle cayeron al suelo y él recibió el impacto cuando trataba de meterse en su casa.
Otro era un automovilista que vio los racimos de bombitas minúsculas -cada una repleta de trozos de acero en forma de estrellas- caer "como piedras pequeñas". Tenía los pies bañados en sangre, y en el pecho y los brazos se podían ver los característicos agujeritos que perforan en la carne los fragmentos de metal.
Hay un cambio en los comensales que acuden a los distintos lugares de la ciudad. El jueves fui al restaurante Furud por mi ración diaria de shishtaouk de pollo, jitomates y ejotes. Estaba repleto de familias chiítas: las mujeres con chador negro, los hombres de barba en su mayoría, masticando gigantescas mezzes de hoummos y ta-bouleh de cordero y arroz.
En el televisor tenían sintonizado un canal iraní que pasaba un programa musical en lengua persa. La televisión iraní tiene dos canales árabes cuya señal puede captarse sin antena parabólica, y muchos bagdadíes confían más en sus servicios de noticias que en los de la televisión kuwaití o saudiárabe.
Hoy los cafés estaban llenos de soldados de las divisiones de la Guardia Republicana que defienden Bagdad, hombres que en 15 minutos pueden llegar desde el frente de batalla para comer y que estacionan sus armas antiaéreas y sus vehículos militares afuera de los establecimientos.
¿Dónde están, pues, esos miles de soldados de la Guardia Republicana que los estadounidenses no pudieron hallar en el desierto? Bueno, pues aquí, defendiendo su capital. ¿Por qué, me pregunté, les parecía eso tan sorprendente a los estadounidenses?
Entre la gente común y corriente persiste, sin embargo, esa ilusoria y no muy convencida negativa a aceptar los profundos cambios militares, y por tanto políticos, que se preparan para Bagdad.
En Mansour los tenderos siguen calificando de "mentiras extranjeras" las noticias del avance estadunidense, tan evidente en el fragor del fuego de artillería en los límites de la ciudad; así me lo dijo un vendedor de pistaches que no estaba bajo la escucha de ningún "comisario" del gobierno.
Quizá, reflexioné, los bagdadíes han sabido tanto de la guerra en los 23 años pasados que los grandes ejércitos y fuerzas aéreas que han bombardeado este país simplemente ya no provocan los sentimientos de "conmoción" y "pavor" que los militares estadounidenses esperan.
Noté, por ejemplo, cerca del puente Rafidiyeh, entre el tráfico de vehículos, a un hombre que miraba el enorme monumento a la "victoria" de Saddam Hussein en la guerra de 1980-1988 con Irán.
En la base de una columna se ve una escultura de hierro que muestra a soldados disparando con ametralladoras, desde atrás de sacos de arena, a sus enemigos persas, y a un soldado que lanza una granada en la misma dirección.
He allí un monumento a la victoria militar, a los "mártires" de esa victoria -quizá medio millón de ellos- y al soldado desconocido de esa misma guerra.
Los ex prisioneros de guerra, por su parte, pidieron la construcción de un monumento que honrara su sufrimiento -hubo 60 mil de ellos en ocho años-, pero su solicitud fue rechazada oficialmente.
¿Sería para enfatizar la humillación que significa rendirse? ¿Será una lección para los jóvenes soldados iraquíes que defienden hoy su ciudad, para el joven del hospital de Yarmouk, su camarada y los soldados que engullen sus almuerzos antes de volver al frente?
Hace apenas 24 horas, el jefe del estado mayor de la División Bagdad de la Guardia Republicana -la misma unidad que los estadunidenses supuestamente estaban "incinerando"- anunció que había tenido sólo 17 muertos y 35 heridos.
¿En qué mundo estamos viviendo? ¿De veras detendrán a los estadunidenses en el aeropuerto? En 1941 una patrulla alemana capturó por breve tiempo la última estación de la línea de tranvías que comunicaba con el oeste de Moscú y se apropió de los boletos para llevárselos de recuerdo, pero no pudo llegar más lejos.
Pocos aquí, sin embargo, dudan que los soldados estadunidenses se abrirán paso a sangre y fuego hasta Bagdad si realmente quieren hacerlo. Después de todo, Napo-león sí llegó a Moscú.
¿Y qué significa esa extraña aseveración estadunidense de que sus fuerzas especiales entrarían en zonas de la capital para descubrir si las tropas de su país serían bienvenidas o no, y que si el recibimiento era amistoso se adentrarían más?
Sonó como si un sondeo de opinión pú-blica fuera a decidir el destino de Bagdad. Incapaces de comprar una milicia local que combatiera por ellos -como la tienen ahora en el Kurdistán y como hicieron en Afganistán y Kosovo-, los estadunidenses parecen decir que los pobladores de Bagdad serán cercados y privados de electricidad -y por consiguiente de comida fresca y de luz- si no se comportan según los rituales de "liberación" dictados por Washington.
Vuelve a mí la misma vieja pregunta. Los rusos pudieron sostener Stalingrado porque amaban a Rusia tanto como temían al mariscal José Stalin. ¿Se aplica a los iraquíes la misma ecuación de patriotismo y dictadura? Los señores George W. Bush y Tony Blair deben confiar en que no sea así.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya

''¡Lárguese! ¿Usted va a revivir a la madre y el padre del niño?'', le reclaman al reportero en un hospital
Robert FISK Enviado especial en Irak

Bagdad, 7 de abril. Estaban en filas, el vendedor de autos que acababa de perder los ojos y cuyos pies aún chorreaban sangre, el motociclista alcanzado por un proyectil lanzado por soldados estadunidenses cerca del hotel Rashid, la oficinista de 50 años de edad cuyo largo cabello se desparramaba sobre la toalla en la cual estaba recostada, con la cara, los senos, las pantorrillas, los brazos y los pies llenos de agujeritos causados por las esquirlas de una bomba de racimo. Para los civiles de Bagdad, éste es el verdadero rostro de la guerra, el inmoral, resultado directo de las pequeñas y geniales "misiones de reconocimiento" que los estadunidenses realizan en la capital iraquí.
En la televisión se ve bonito, los marines estadounidenses en las riberas del Tigris, su visita tan divertida al palacio presidencial, el video del retrete de oro de Saddam. Pero los inocentes sangran y gritan de dolor para que tengamos nuestras emocionantes imágenes de televisión y para que los señores Bush y Blair puedan lanzar sus proclamas de victoria. Vi hoy en el hospital Hindi a un muchachito cuyos padres y tres hermanos fueron muertos a tiros cuando se acercaban a un puesto de control estadounidense en las afueras de Bagdad. Me quedé mirando a Alí Najour, de dos años y medio de edad, tendido en agonía en una cama, con las ropas empapadas en sangre y una sonda en la nariz, y entonces un joven, familiar suyo, se me acercó.
"¡Quiero hablar con usted!", gritó, alzando la voz con furia. "¿Por qué ustedes los ingleses querían matar a este niñito? ¿Para qué quiere verlo? ¡Ustedes hicieron esto! ¡Ustedes!" El joven me tomó del brazo y lo sacudió con violencia. "¿Usted va a devolverle a su madre y a su padre? ¿Puede revivirlos para él? ¡Lárguese, lárguese!" Afuera, en el patio, donde los choferes de las ambulancias depositan a los muertos, una mujer chiíta vestida de negro se golpeaba el pecho y vino gritando hacia mí. "¡Ayúdeme! Mi hijo es un mártir y todo lo que quiero es una bandera para cubrirlo. Quiero una bandera, una bandera de Irak para ponerla sobre su cadáver. ¡Dios mío, ayúdame!" Se está volviendo cada vez más difícil visitar estos lugares de dolor, luto y rabia. Y no me sorprende. La Cruz Roja Internacional ha informado que las víctimas civiles de la ofensiva estadunidense de tres días contra Bagdad llegan por centenares a los hospitales. Hoy, el solo Kindi había recibido 50 civiles heridos y tres muertos en las 24 horas anteriores. La mayoría de los muertos -la familia del niño, otra familia de seis que fue volada en pedazos por una bomba aérea enfrente del vendedor de autos Ali Abdulrazek, los vecinos de al lado de Safa Karim- fueron simplemente enterrados pocas horas después de ser despedazados.
En la televisión todo se ve tan limpio. La noche del domingo, la BBC mostró automóviles civiles en llamas, y su reportero -incrustado en las fuerzas estadunidenses- dijo que vio a algunos de sus pasajeros yacer muertos a un costado. Eso fue todo. Ninguna toma de los cuerpos achicharrados, ningún acercamiento a los niños desmembrados. Así que tal vez deba yo advertirles a quienes la BBC llamó alguna vez los de "temperamento nervioso" que no sigan adelante. Pero si quieren saber lo que Estados Unidos y Gran Bretaña están haciendo a los inocentes en Bagdad, deben continuar leyendo. Dejaré fuera la descripción de las moscas que se han apiñado alrededor de las heridas en las salas de urgencias del Kindi, de la sangre pegada en las sábanas y las sucias fundas de las almohadas, las franjas de sangre en el piso, la sangre que aún gotea de las heridas de las personas con quienes hablé hoy. Todos eran civiles. Todos querían saber por qué tenían que sufrir. Todos -salvo el joven indignado que me ordenó retirarme del lado de la cama del niño- me hablaron de su dolor en voz baja y con gentileza. Ningún autobús del gobierno iraquí me llevó al hospital. Ningún médico sabía de mi llegada.
Empecemos con Alí Abdulrazek. Tiene 40 años, y es el vendedor de autos que caminaba esta mañana por una calle estrecha del distrito de Shaab -el mismo donde dos misiles estadunidenses mataron al menos a 20 civiles hace más de una semana- cuando oyó los motores a chorro de un avión. "Iba a ver a mi familia porque las centrales telefónicas habían sido bombardeadas y quería saber si estaban bien", relató. "Frente a mí estaba una familia, el señor, la señora y los hijos. Entonces escuché un ruido horrible y vi una luz, y supe que algo me había pasado. Traté de ayudar a la familia que había visto pero todos habían volado en pedazos. Y entonces me di cuenta de que no veía bien." El ojo izquierdo de Abdulrazek está cubierto por un montón de vendajes. Su médico, Osama Al-Rahimi, me dice: "No lo operamos del ojo, atendimos sus otras heridas". Luego se inclina para agregar en voz baja: "Perdió el ojo. No había nada que hacer. La esquirla se lo arrancó de la cabeza".
Abdulrazek sonríe -por supuesto, no sabe que quedó tuerto para siempre- y de pronto se suelta hablando en un inglés casi impecable, que aprendió en la secundaria en Bagdad. "¿Qué me pasó?", pregunta. Mohamed Abdullah Alwani fue víctima de la excursión estadunidense de hoy en el Tigris, la operación que proporcionó esas tomas emocionantes en la televisión británica. Iba a su casa en su motocicleta desde el hotel Rashid, en la margen izquierda del Tigris, cuando pasó por un camino en el que estaba estacionado un vehículo blindado estadunidense. "Sólo en el último minuto vi a los soldados. Abrieron fuego y me dieron, pero logré seguir en la moto. Luego las esquirlas del segundo proyectil golpearon el vehículo y caí". El médico al-Rahimi le deshace la venda del costado. Junto al hígado Alwani tiene una enorme llaga sanguinolenta, quizá de centímetro y medio de profundidad. La sangre le corre aún de las piernas y entre los dedos de los pies. "¿Por qué le disparan a civiles?", me pregunta. Sí, me sé el guión. Saddam habría matado a más iraquíes si no hubiéramos invadido -argumento no muy afortunado en el hospital Kindi- y estamos haciendo todo esto por el bien de ellos. ¿Acaso Paul Wolfowitz no nos dijo hace unos días que oraba tanto por las tropas estadunidenses como por el pueblo iraquí? ¿Acaso no vinimos a salvarlos -no digamos que también a su petróleo-, y no es Saddam un hombre cruel y brutal? Pero entre esta gente tales palabras son una obscenidad.
Saadia Hussein al-Shomari parece alfiletero, con agujeros ensangrentados en la cara, los brazos, las piernas, el pecho, el vientre, el abdomen... Es la oficinista del Ministerio de Comercio y yace dormida, exhausta por el dolor, en tanto otro médico le espanta las moscas de las heridas con un pedazo de cartón y me pregunta -como si yo supiera- si un ser humano se puede recuperar de una herida grave en el hígado. Un pariente de Sadia me cuenta poco a poco que ella salía de su casa, en el distrito de Jdeidi, cuando un avión estadunidense dejó caer una bomba de racimo sobre el inmueble. "Había algunos vecinos de ella. Les dio a todos. A uno le arrancó una pierna, a otro un brazo y una pierna, que salieron volando". Y luego estaba Safa Karim. Tiene 11 años y está muriéndose. El fragmento de una bomba estadunidense le dio en el estómago; la niña sangra por dentro y se retuerce en la cama con un enorme vendaje en el vientre, una sonda en la nariz y -de algún modo lo más terrible- cuatro pañuelos corrientes y sucios que la sujetan de muñecas y tobillos a la cama. Gime y se revuelve en la cama, luchando a la vez contra el dolor y el cautiverio. Un pariente -su madre, de velo negro, está en silencio al lado de la cama- me dice que está demasiado enferma para entender su destino.
"Le han dado 10 frascos de medicina y los ha vomitado todos", me dice. A través de la máscara en que la sonda convierte su cara, mueve los ojos hacia su madre, luego al médico, luego al periodista y finalmente otra vez hacia su madre. El familiar abre las palmas de las manos, como hacen los árabes para expresar impotencia. "¿Qué podemos hacer?", dicen siempre, pero él no dice nada. Me alegro de que así sea.
 Después de todo, ¿cómo podría decirle que Safa Karim debe morir por el 11 de septiembre, por las fantasías de George W. Bush, por la certeza moral de Tony Blair, por los sueños de "liberación" de Paul Wolfowitz y por esa "democracia" que para crearla requiere que les arranquemos a bombazos la vida a estas personas?

© The Independent

 

Petróleo y datos de inteligencia iraquí, lo único que protege EE. UU, por Robert Fisk La Jornada
Bagdad, 13 de abril. Los saqueadores de Bagdad han robado y destruido todo lo que los estadunidenses les han permitido tomar e incendiar, y un recorrido de dos horas por la ciudad en automóvil mostró claramente qué es lo que Estados Unidos tiene interés en proteger, presumiblemente para su propio uso.
Después de días de incendios premeditados y pillaje, he aquí un balance breve pero revelador. Las tropas estadunidenses han reculado y permitido a las hordas arrasar y luego quemar los ministerios de Planificación, Educación, Irrigación, Comercio, Industria, Asuntos Exteriores, Cultura e Información. No hicieron nada para evitar que los saqueadores destruyeran los invaluables tesoros de la historia iraquí que contenía el Museo Arqueológico de Bagdad y el de la ciudad de Mosul, y desvalijaran tres hospitales.
En cambio dos ministerios iraquíes permanecen intactos -e intocables- porque dentro y fuera se colocaron tanques, vehículos blindados y jeeps, así como cientos de hombres armados. ¿Y cuáles son esos ministerios tan importantes para los estadunidenses? Bueno, el del Interior, por supuesto -con su vasta riqueza de información de inteligencia sobre Irak- y el del Petróleo. Los archivos relativos al bien más preciado de Irak -sus campos petroleros y, más importantes aún, sus vastas reservas, quizá las más grandes del mundo- están a salvo de las turbas y los saqueadores, listos para ser compartidos, como de seguro es la intención de Washington, con las compañías petroleras estadunidenses.
Esto arroja luz para una interesante reflexión sobre los supuestos objetivos de la guerra estadunidense. En su ansiedad por "liberar" a Irak, permite que la población destruya la infraestructura del gobierno y la propiedad privada de los esbirros de Saddam. Los estadunidenses insisten en que el Ministerio del Petróleo es parte vital de la herencia iraquí, que los campos petroleros se colocarán en un fideicomiso "para el pueblo de Irak". Pero ¿acaso el Ministerio de Comercio -que fue iluminado de nuevo este domingo por un emprendedor incendiario- no es vital para el futuro del pueblo iraquí? ¿Los ministerios de Educación y de Información -que aún ardían hoy- no son de importancia crucial para el nuevo gobierno del país?
Los estadunidenses, según sabemos ahora, pudieron destinar 2 mil soldados para cuidar los campos petroleros de Kirkurk, que contienen las reservas probablemente más grandes del mundo, pero no pudieron asignar ni siquiera 200 hombres para proteger de ataques el museo de Mosul.
Hoy se habló mucho de la "nueva postura" de los estadunidenses. De pronto aparecieron patrullas de infantería y blindadas en las calles de las colonias de clase media de la capital, ordenando a los jóvenes que acarreaban refrigeradores, muebles y televisores que depositaran en el pavimento los objetos cuya propiedad no pudieran acreditar. Era para dar lástima. Después de que miles de millones de dólares de edificios gubernamentales, computadoras y archivos habían sido destruidos, los estadunidenses detienen a adolescentes que llevan carretas tiradas por mulas cargadas con sillas de segunda mano, sin valor alguno.
Este día hubo una indignación especial entre la multitud que ahora se manifiesta todas las tardes ante las filas estadunidenses, afuera del hotel Palestina. El sábado coreaba "Paz, paz, paz, queremos un nuevo gobierno iraquí que nos dé seguridad". Hoy algunos manifestantes gritaban "Bush-Saddam, los dos son la misma cosa".
© The Independent Traducción: Jorge Anaya
 

Los invasores, responsables de saqueos y asesinatos perpetrados por iraquíes, por Robert Fisk
Vergonzosa actitud británica; la gente libera su propiedad de manos de Baaz, dijo ministro
Bagdad, 11 de abril. Hablemos de crímenes de guerra. Sí, sé de los crímenes de guerra de Saddam Hussein. Asesinó inocentes, gaseó a los kurdos, torturó a su pueblo y -si bien es cierto que seguimos siendo buenos amigos de este carnicero durante la mitad de su horrible carrera- se le puede considerar responsable de la muerte de casi un millón de personas, que fue la cuota final de muerte de la guerra de 1980-1988 con Irán.
Pero mientras nos felicitamos por la "liberación" de Bagdad -acontecimiento que se está volviendo con rapidez una pesadilla para muchos de sus residentes-, es buen momento de repasar la forma en que hemos conducido esta guerra ideológica.
Empecemos, pues, por el final: con esta epopeya tipo Lo que el viento se llevó de pillaje y anarquía con la cual la población iraquí ha decidido celebrar el regalo que les dimos de "liberación y democracia".
Comenzó en Basora, por supuesto, con nuestra vergonzosa respuesta británica a la orgía de saqueo que se apoderó de la ciudad. Nuestro ministro de la Defensa, Geoff Hoon, hizo algunos comentarios especialmente infantiles sobre este desdichado estado de cosas, sugiriendo en la Cámara de los Comunes que la gente de esa ciudad meramente "liberaba" -otra vez esa palabra- su propiedad de manos del partido Baaz. Y el ejército británico se limitó a respaldar con entusiasmo semejante estupidez.
Mientras en todo el mundo se exhibían las imágenes del pillaje en Basora, el teniente coronel Hugh Blackman, de la Guardia Real de Dragones Escoceses, declaraba alegremente a la BBC: "No es en absoluto de mi incumbencia interponerme en el camino". Pero por supuesto que sí es "de la incumbencia" del coronel Blackman "interponerse en el camino". El pillaje es objeto de una disposición específica de la Convención de Ginebra, como lo fue de la Convención de La Haya, celebrada en 1907, sobre la cual basaron los delegados en Ginebra sus "reglas de guerra".
"El pillaje está prohibido", expresa el texto de la Convención de Ginebra de 1949, y tanto el coronel Blackman como Hoon deberían echar una ojeada al libro Crímenes de guerra -publicado en coedición con el Departamento de Periodismo de la Universidad de la City; la página 276 es la más dramática- para entender lo que eso significa.
Cuando una potencia ocupante se apodera del territorio de otro país, automáticamente se vuelve responsable de la protección de los civiles y de sus propiedades e instituciones. Por tanto las tropas estadunidenses en Nasiriya son automáticamente responsables por el chofer que fue asesinado en su auto el primer día de la "liberación" de esa ciudad, y las que están en Bagdad son responsables por las embajadas alemana y eslovaca -saqueadas por cientos de iraquíes el jueves- y por el Centro Cultural Francés, que fue atacado, y por el Banco Central de Irak, quemado la tarde de este viernes con antorchas y que, por muy contaminado que esté por el régimen anterior -las naciones árabes tienden a colocar a sus criaturas más odiosas en el papel de gobernador del banco central-, es el centro del poder financiero en el país, tanto de su nueva versión como de la vieja.
Aplausos de periodistas
Sin embargo, tanto británicos como estadunidenses simplemente han descartado esta noción, aunque esté basada en convenciones y en el derecho internacional. Y los periodistas les hemos permitido hacerlo. Aplaudimos como niños cuando los estadunidenses ayudaron a los iraquíes a echar por tierra la estatua de Hussein frente a las cámaras de televisión esta semana, y seguimos hablando de la "liberación" de Bagdad como si la mayoría de los civiles estuvieran poniendo guirnaldas de flores a los soldados en vez de haciendo fila con ansiedad en puestos de revisión y observando el saqueo de su capital.
Los periodistas hemos colaborado, también, en un derrumbe aún mayor de la moralidad en esta guerra. Pensemos por ejemplo en el bombardeo despiadado de la zona residencial de Mansour, en Bagdad, la semana pasada. Los ejércitos angloestadunidenses -o la coalición, como la BBC insiste terca y mendazmente en llamar a los invasores- se mantuvieron en la convicción de que Saddam y sus dos hijos malignos, Qusay y Oday, estaban allí. Así pues, bombardearon a los civiles de Mansour y mataron por lo menos a 14 personas decentes e inocentes, casi todas cristianas, lo cual obviamente debería ser de interés para los sentimientos religiosos de George W. Bush y Tony Blair.
Ahora bien, uno hubiera esperado que el servicio mundial de radio de la BBC preguntara a la mañana siguiente si bombardear a civiles no constituye un acto un tanto inmoral, quizás un crimen de guerra, por muchas ganas que tuviéramos de matar a Saddam.
Olvídenlo. El presentador en Londres describió la matanza de inocentes como "un nuevo giro" en la guerra para acabar con Saddam, como si fuera correcto y válido matar civiles a sabiendas y a sangre fría con tal de asesinar a un odiado tirano.
El corresponsal de la BBC en Qatar -donde los chicos del Centcom alardearon pomposamente de que tenían inteligencia "en tiempo real" (la cual se demostró falsa más tarde) de que Saddam estaba allí- utilizó toda la acostumbrada jerga militar para justificar lo injustificable. La "coalición", anunció, sabía que tenía "material sensible", es decir, que no tendría tiempo de saber si iba a matar seres humanos inocentes en la persecución de su causa, y que este "material accionable" -cito de nuevo ese nauseabundo reporte de la BBC- no estaba "exento de riesgos". Y luego siguió describiendo, sin un momento de reflexión sobre los asuntos morales en juego, cómo los estadunidenses habían utilizado sus bombas "destructoras de búnkeres" de una tonelada para arrasar los hogares civiles.
Se trata, por supuesto, de los mismos artefactos de destrucción que la fuerza aérea estadunidense empleó en su vano esfuerzo de matar a Osama Bin Laden en las montañas de Tora Bora. Así que ahora las usamos, con pleno conocimiento de causa, en los frágiles hogares de los civiles de Bagdad -personas que serían dignas de la "liberación" que queremos otorgarles-, con la esperanza de que una apuesta, un poco de fallida "inteligencia" sobre Saddam, rindiera resultados.
La Convención de Ginebra tiene mucho que decir respecto de todo esto. Se refieren específicamente a los civiles como personas que deben contar con la protección de una potencia beligerante aunque estén en presencia de antagonistas armados. La misma protección fue demandada para los civiles del sur de Líbano cuando Israel lanzó su brutal operación Viñas de Ira en 1996. Cuando un piloto israelí, por ejemplo, disparó un misil Hellfire de fabricación estadunidense a una ambulancia y mató a tres niños y dos mujeres, los israelíes sostuvieron que un combatiente del Hezbollah iba en ese vehículo. La afirmación resultó totalmente falsa, pero independientemente de ello Israel fue condenado con justa razón por asesinar a civiles con la esperanza de dar muerte a un combatiente enemigo.
Ahora estamos haciendo exactamente lo mismo. Y Ariel Sharon debe de estar encantado. Después de que las bombas destructoras de búnkeres se lanzaron sobre Mansour, se acabaron las críticas gazmoñas de los occidentales a Israel.
Cometemos cada vez más de estos crímenes. El asesinato estadunidense en masa de más de 400 civiles en el refugio antiaéreo de Amariyah, en su guerra del Golfo de 1991, fue perpetrado con la esperanza de matar a Saddam. En el bombardeo de Serbia, en 1999, atacamos repetidamente zonas civiles -después de darnos cuenta de que el ejército yugoslavo había abandonado sus cuarteles- y, en uno de los incidentes más perversos, ocurrido hacia el final de esa guerra, un jet estadunidense bombardeó un estrecho puente de un camino sobre un río. La OTAN aseguró que el puente podía sostener tanques, aunque no había ninguno a la vista. De hecho, era demasiado estrecho para un tanque. Pero otro piloto regresó a bombardearlo en el momento mismo en que los rescatistas trataban de salvar a los heridos. Entre las víctimas de esta segunda bomba había niñas de escuela. Una vez más, en nuestra euforia de ganar esa guerra, olvidamos el incidente.
¿Por qué? ¿Por qué no podemos guiarnos por las reglas de guerra que con toda razón exigimos a otros obedecer? ¿Por qué los periodistas -una vez más, guerra tras guerra- nos hacemos cómplices de esta inmoralidad convirtiendo un acto cruel, despiadado e ilegal en un "nuevo giro" o en "material sensible"?
Las guerras tienen por lo regular el efecto de transformar a personas normalmente ecuánimes en porristas, de convertir a periodistas racionales en desagradables y ensoberbecidos coronelitos de fantasía. Pero sin duda todos deberíamos llevarnos a la guerra nuestra Convención de Ginebra, junto con ese librito de la Universidad de la City. Porque la única gente que se beneficiará de nuestros propios crímenes de guerra será la próxima generación de Saddam Husseins.
© The Independent