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Un campesino, viendo a su mujer trabajar con un molino de
mano, le dice: “Déjame a mí, yo moleré; tú, descansa”. (Day at ia pobrusa a
ti poci way). Al parecer, este es el texto polaco más antiguo que se conoce
y apareció en el siglo XIII en el inventario en latín de un monasterio de
Silesia. Sabemos que el latín fue la única lengua escrita en Polonia durante
varios siglos después de la conversión del país al cristianismo en 966.
Emociona esa muestra de solicitud y de piedad entre dos personas mayores.
Puedo ver a la mujer sentándose, después de una dura jornada de trabajo para
el bienestar de toda la familia. Me produce ternura contemplarla mientras se
seca las manos con el mandil que extiende en su regazo mientras comentan las
incidencias del día.
No se lamentan ni se quejan, han aprendido a hacer lo que quieren porque
quieren lo que hacen. Saberse queridos, necesitados en una relación de inter-independencia
conforma la plenitud de una existencia. Porque los animales existen, pero
las personas existen para. Somos seres de encuentro, nudo de relaciones,
redes de solidaridad comunicados por la palabra. En un poema vikingo del
siglo IX, las Estancias de Odin, se canta: “Me sentí rico al hallar un
amigo, pues el hombre es el solaz del hombre... el tizón con el tizón se
enciende y arde; el fuego nace del fuego; el hombre recibe del hombre el
calor de su palabra, a quien no tiene voz se le esquiva.”
Ando esto días de final de curso aguijoneado por el renacer de la nostalgia,
ese sentimiento que brota en los profesores cuando perciben que se aproxima
el final de una relación intensa con los alumnos. Es el dolor por lo
conocido ausente que se vislumbra antes de producirse la separación. Uno
quisiera derramar a manos llenas, sobre ellos, todo lo que conoce, intuye o
sabe en este quehacer de un vivir que es preciso que tenga sentido. Como
respondió André Malraux al General de Gaulle atónito por el agnosticismo de
su ministro de Cultura para el que no imaginaba consuelo por la muerte de su
hijo: “Mi General, aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener
sentido vivir”.
Después de treinta años de enseñanza en la universidad, cada vez me
impresiona más la sensación de orfandad, de desamparo y de fragilidad que
muestran los jóvenes universitarios, tan provocadores y descarados por
fuera, pero en realidad tan necesitados de ser escuchados. Hemos convertido
la universidad en una guardería de adultos para atiborrarlos de
conocimientos en una demencial tarea impropia de su ser auténtico, de ese
compartir los saberes, como la definiera el rey Sabio, hace casi mil años.
Desde siempre, recibo a cada alumno en mi despacho para conocerlos y
escucharlos, y tratar de comprender su situación personal. No pocas veces me
he sorprendido al escucharles, entre tímidos y ruborizados, que era la
primera vez que alguien les preguntaba lo que pensaban, lo que sentían, lo
que anhelaban.
Desde que eran niños los hemos tratado como almacén de seguridades, como
corredores para conseguir un título, para tener cultura, virtudes, poder;
pues para eso les hemos dado a entender que servían los conocimientos. “No
seas vago, haz algo útil, no pierdas el tiempo, tienes que prepararte para
ocupar un puesto en la vida, para trabajar”. Como si viviéramos para
trabajar, en lugar de trabajar para vivir. Como si el trabajo fuera un
castigo, en lugar de un quehacer que tiene que ver con la creación, con la
techné que libera en vez de la imposición que esclaviza.
Y todo arranca de una soledad impuesta por una sociedad de consumo, de
prisas y de competitividad regida por la funesta máxima de “cuanto más,
mejor”, en vez de “cuanto mejor, más”. Es la nueva moral que proclama que no
tener es pecado. Es la enajenación por las cosas que nos encadenan y poseen,
en vez de liberarnos.
Mi experiencia personal, la más dura de mi extensa vida de docente es
percibir la creciente soledad de los jóvenes, la ausencia de los abuelos, de
esas personas que hacían la familia más rica que el mero matrimonio y el
cada vez menor número de hijos.
La casa cada vez es menos un hogar, espacio de encuentro y de relaciones, de
solidaridad y de afectos, que un aparcamiento o una posada en un incierto
camino. Se multiplican los electrodomésticos y se incrementa la soledad en
un ruido que cada cual lleva a su celda. Por supuesto, con los cascos de su
walkman conectados a sus orejas.
Tengo para mí que se ha perdido la palabra, el acoger y saberse formando
parte de una tradición en marcha. Ya no hay lugar para los abuelos, para
aquella tía que se quedó soltera o para esas personas de las familias que
nos visitan, nos atienden y nos cuentan.
El grado de civilización de una sociedad se percibe por el modo de tratar a
los niños, a las mujeres y a las personas mayores. El creciente desarraigo,
perder las raíces y con ellas las señas de identidad, arranca de haber
olvidado que la educación es el arte de saber adaptarse a las
circunstancias. Que educar, proviene de educere, no conducir sino sacar lo
mejor de cada uno para que pueda ser él mismo, para que sea capaz de
alcanzar su plenitud y de quererse en una relación de afecto y de
creatividad.
La alarmante soledad de las muchedumbres solitarias conduce a la violencia,
a la angustia y a la evasión por medio de otras drogas que las de diseño:
las adicciones a sucedáneos de una vida humana en la que necesitamos
sabernos queridos y compartir nuestra búsqueda. Quizá, como intuyó Albert
Camus, todo consista en cambiar solitario por solidario. No es más que una
letra, pero a algunos parece que les cuesta.
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