Al fin pude
estar. En ese lugar. Ese día.
Llegué alrededor de 10,30 horas luego de caminar a lo largo
de las rejas cubiertas con las fotos de los compañeros
desaparecidos, con sus rostros juveniles que tanto se
sieguen pareciendo a la mía de aquel entonces.
En la entrada principal ya se encontraban los miembros de la
Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos y fui a abrazarla a
Lidia y sus compañeras y después a Laura, con su cara
iluminada y su pañuelo más blanco que nunca. Y nos quedamos
así, juntos, muy juntos, asolados por el calor, ardiendo de
emoción a la espera del momento del acto.
Parecía que no faltaba nadie (éramos no menos de treinta
mil) y a la vez las ausencias se nos hacían insoportables.
Tal vez por eso algunas de las madres, que estaban mas
hermosas que nunca, contaban sus historias de pérdidas,
sufrimiento y ternura casi con naturalidad: “yo no sabía que
mi hijo estaba aquí, pero cada vez que pasaba por aquí
enfrente sentía una sensación espantosa”; “estudiaba
abogacía, ahora tendría 53 años”; “y.. yo era joven… si lo
tuve cuando tenía 20 años”; “yo también me lo pasé
buscándolo y me mandaban de un lado para otro”; “ tuve un
cáncer en un riñón y me lo sacaron”; y yo las escuchaba como
si fuera su hijo o como si pudiera haberlo sido.
Conforme iba llegando mas gente nos apretujábamos contra el
portón y el aire se hacia irrespirable. No recuerdo si antes
o después del acto una madre, anciana, se desmayó a mis pies
y sólo algunos me escucharon cuando dije que era médico para
intervenir, pero rápidamente la llevaron para atenderla.
Sentí pena por ella, tan viejita y pasando por eso.
Por que todos estábamos pasando por eso: el calor, la
sofocación y la intensa emoción de estar a las puertas de la
ESMA, nada menos. Teniendo que recorrer por lo menos
veintiocho años de historia, de esta historia.
Y eso que se había
hecho un cordón para que no se acercaran: “che, no aplasten
a las madres”, gritaban; “como vamos a querer aplastarlas”,
contestaban, con la tensión que se iba acrecentando, frente
a lo que estaba aconteciendo y lo que estaba por acontecer.
“Dejame pasar, yo también soy un sobreviviente” dijo uno;
“aquí todos somos del palo” contestó otro, “pero mirá que me
quiere correr con chapa, a mí que me comí años en La Perla”,
comentó creo que el Negro
Juan. Parecía una competencia de sufrimiento, producto de
vivencias, recuerdos y tantos sentimientos que todos
estábamos atravesando.
También había alegría, si cabe el término, porque era una
alegría distinta a cualquier alegría. La que deviene no solo
cuando se vive un jalón que se sabe histórico sino la de
que, como fuera, sabíamos que estábamos allí vivos, en ese
lugar, que a pesar de todo la “podíamos contar”.
Yo aproveché de abrazar a todos los que pude y de paso
saludarlo a Copani “de hincha a hincha”. También a Mario
Villani, quien se alegro de conocerme “de cara”, ya que solo
nos conocíamos por internet. Al pobre no lo dejaban
tranquilo con los reportajes y contaba una y otra vez su
terrible experiencia hasta que pudo salir “al mundo de los
vivos” según sus palabras.
Cuando llegó el Presidente Kirchner todo se aceleró
intempestivamente, por fuera y por dentro. Se abrieron las
rejas y yo que con filmadora y máquina de fotos a cuestas,
no quería perderme nada. De pronto cruzo delante de Hebe y
las madres y me conmueve, como siempre, esa fortaleza
inquebrantable que transmiten.
El tiempo,
como suele ocurrir en estas situaciones, parecía acelerarse
y lentificarse a la vez. Ya una vez adentro sentí que estaba
en otra realidad, y no se tome como una mera metáfora:
madres, familiares y sobrevivientes en la escalera, una de
ellas hablando y yo que casi no entendía lo que decía;
compañeros y militantes deambulando sin saber adonde
ubicarse; yo que lo veo a Mario, si, Villani, abrazado a una
compañera que lloraba en su pecho y aprovecho para
abrazarlos y sentirme abrazado también, y el aire que se
tornaba extraño y esas letras en el atrio: ESCUELA de
MECANICA de la ARMADA, que mirábamos una y otra vez para ver
si era cierto. Y las flores y fotos en la puerta. Y más
llantos. Y cánticos. Y todos sin saber que hacer invadidos
por múltiples percepciones.
Al cabo de unos minutos comencé a caminar hacia el patio,
internándome en el predio casi por inercia. Caminábamos
prácticamente en silencio, no sé sin con temor o recelo,
pero en mi caso con perplejidad, tratando de asimilar, sin
conseguirlo, lo que veía y sentía. Murmullos y silencios que
a la vez de respeto y agobio, eran un modo de tolerar los
hechos que sabíamos habían ocurrido allí, precisamente, en
ese lugar. Yo temía alucinar o escuchar gritos o ayes de
dolor. Temía despertarme y encontrarme allí hace 22 o 28
años. Y supongo que a muchos les pasó lo mismo, pues la
angustia, se palpaba y olía a cada paso. Parecía, y me sigue
pareciendo, increíble que en ese mismo espacio, en otro
tiempo hubiera ocurrido lo que ocurrió y que ahora
pudiéramos estar allí. El espanto y la tristeza eran todo
uno y de a poco fui rumbo al escenario donde iba realizarse
el acto principal. Mi mente bullía y mi corazón palpitaba
conforme
avanzaba, hasta que llegó un momento en que
sentí el aire irrespirable y rápidamente volví sobre mis
pasos para ir por fuera adonde ya se escuchaba
el Himno en la versión de Charlie.
Después el poema de Ana María, las palabras de los Hijos,
del Presi, y por fin la música que no podía ser sino con
León, Víctor y Serrat.
Yo
aprovechaba para recobrar el aliento, mirar la gente,
recorrer el cielo y el verde de los árboles. Y también
observar con detenimiento el rostro de un chico, pequeño,
aindiado, bello, con sus ojitos vivaces, jugando entre las
piernas de su madre, sentada en el suelo, con una botella de
plástico, ajeno a las circunstancias.
El futuro es
nuestro pensé que pensé tantas veces. Y allí, en ese lugar,
como en
tantos otros, hicieron lo que hicieron para
que no lo fuera, pensé.
Ojalá ese
niño lo tenga, por todos lo que hicieron lo que hicieron
para que fuera posible.
El presente
sigue siendo de lucha.
Pese a ese
lugar.