Gorrión
Yo quería cantar,
llenar de notas el silencio.
Con una voz de orfebre
trazar círculos y pájaros,
poner margaritas en la luna,
o una mata de escarcha en el infierno.
Quería cantar,
pero nadie ve la voz,
nadie percibe el aroma de un arpegio.
Cantar como la Pons,
ser Aída o Butterfly,
cortar con el filo de la noche
la loca envoltura de los sueños.
Yo quería cantar,
con el aire de las fusas
llegar en espiral hasta el destello.
Pero nadie ve a una voz
cuando muere de color,
ni hay un solo que resista
la disolución del fuego.
(del poemario "Espumas")
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Avei coæ
No lo digas
esa no es la sombra violeta
de algún ciervo.
De este lado hay una mesa
pero quemarás tus uñas
y arderán los peces
antes de que encuentres un lugar.
Hay herbaje en aquel techo
y nadie creerá
que cae como risas o tijeras
sobre las tablas de Homero.
De este lado
hay una estela blanquecina
y dos palabras ciegas que
de un solo tajo
cortan corazas y plumones.
No lo digas
pero aún es posible que tu viaje
escinda las razones del océano.
* Avei coæ: “tener ganas”, en lengua genovesa
(del poemario "Alguien tiene un talismán")
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Bajo la luz de una naranja
a R.G.B.
Ahí estás / haciendo piruetas
sobre el lomo de la isla
para que el espejo no se cuele entre tus pies
a la hora del crepúsculo.
Luego te inclinas en la punta corroída
donde la luna escarda peces
y cabalga por los huesos.
(Algo me dice cuánto pesa
imaginar el ave y machucarse los ojos
con la espuma a cuestas)
Al volver / te trepas a la danza memoriosa
y en la esquina del patio que redime a los almendros
dibujas una oda.
Aquí / con lluvia sobre lluvia sobre lluvia
y un sol que se quedó en naranja
mordemos nuestra sed
nos vamos devorando para no quedar sin aire
y haciendo como que no pasa nada
tratamos de inventar un sueño.
Pero sólo atinamos a implorar septiembre.
(de la antología cubano-argentina “Aduanas de Aire”)
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Los trinos
El límite es la piel.
Encallecida por los golpes,
por palabras,
y la andanada incontenible,
incontenida,
de injurias
que buscan sepultarnos.
El límite es la piel.
Hacia adentro, sordos pájaros
saludan la mañana,
limpian sus alas dibujándoles el vuelo,
y alertan al tigre soñoliento,
que otra vez tendrá que desgarrarse
para permanecer enteros.
(del poemario “Alguien tiene un talismán”)
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Marionnette
La herrumbre
se desprende como hojaldre.
Le petite marionnette
cantaba mi madre.
Balcones
escaleras.
Tricche tracche
decía mi padre.
Ojos hojaldrados
se desprenden como herrumbre.
Veo veo
¿qué ves?
Rejas país
clavos país.
Óxido sin horas
de un reloj perdido.
(del poemario “Suma y resta”)
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Crêuzo da man
Aquí mi mano, en la pulpa del castaño,
palpando la piel y las palabras
para colgar del aire el sobrenombre,
la huella sumergida cifrada en las sirenas,
o aferrarme al viento azul, al hueco,
al canto de las nueve naves
y al último golfo de la rama.
Sangrando en los erizos
guardianes de la ofrenda,
pulpa del castaño, aquí mi mano.
Crêuzo da man: la “concavidad de la mano”, en lengua genovesa.
(del poemario “Suma y resta”)
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A contraluz
Mientras la luz arrastre el polvo de los gritos,
vidrios, números, un río,
monedas...
Mientras alguien azuce a los amos del santuario
y ojos inocentes estrechen manos muertas,
buscaremos el fuego consagrado
que aleje a las máscaras tribales,
al gato entre la hierba.
Con los costados cosidos
y una estaca horadando las palabras,
como espectros al borde de lo humano,
recelosos del llamado de la flauta,
ulularemos sin voz
hasta que los dioses se aburran del espanto.
(de la antología cubano-argentina “Aduanas de Aire”)
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Donde crecen las palabras
Yo conocí la tierra donde crecen las palabras:
brotan de raíces con contorno de otros dioses,
florecen con la madera,
se desgajan de las frutas.
Algunas rondan por los patios insulares,
escapan enredándose en las rejas
para no caer en la sombra antigua del aljibe,
ondulan por onduladas calles,
tejen tules de sueños
que buscan rincones en los pliegues de la sierra.
Destino de ave, otras cruzan en bandadas:
no las palomas de petrificado vuelo,
no las golondrinas quemadas en la antorcha;
son pájaros de sol, ángeles al viento.
La noche las arranca de los parches,
iluminan resonancias
a golpe de ritmo y sangre.
Se agitan en cierta mirada milenaria,
estallan en la boca del heraldo,
y alborotan los lagos asombrados
para que la luna se atreva a capturarlas.
Yo..., yo conocí la tierra donde crecen las palabras.
(de la antología “Cuando salí de Cuba”)
Lina Caffarello
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